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Familia Guzmán Soto

Familia Guzmán Soto

Martes, 27 Diciembre 2011

El valor de la tenacidad y el esfuerzo

Durante los meses de cosecha de cereza, la casa de los Guzmán Soto en Olivar, VI Región, ebulle actividad. Hijos que entran y salen, almuerzos al atardecer, visitas de extranjeros que van y vienen, nietos que juegan mientras sus padres trabajan…
Todo en un ambiente de trabajo y unión familiar que trasciende y que es lo que hace que los amigos de otros países prefieran este lugar para juntarse y pasar un buen rato.
Pero los logros de esta familia no han sido gratuitos. Gran parte de ellos los han construido a punta de dificultades, que más allá de derribarlos les permitieron fortalecerse y darse cuenta que juntos son capaces de lograr grandes cosas.

Las primeras cerezas
Con una infancia ligada al campo, don Daniel Guzmán empezó de joven, junto a sus hermanos, a arrendar terrenos en la zona de Olivar Bajo en la VI Región y sembrar diversos cultivos anuales y hortalizas, como porotos verdes,  lechugas y repollos. Ellos mismos hacían todo el proceso, desde cosecharlas hasta llevarlas en carretela al mercado de Rancagua para su venta. De a poco fueron creciendo hasta llegar a cultivar 12 hectáreas anualmente.
Daniel tenía menos de 18 años cuando su familia se vio enfrentada a una dificultad. “Nos pidieron la casa que arrendábamos, donde vivíamos,  así es que con mis hermanos decidimos comprarla. Vendimos todos los animales que teníamos, unos porotos que habíamos cosechado, hasta la moto de mi hermano y mi bicicleta”, recuerda. Pero lo lograron, y con ello, de paso, le dieron estabilidad a su familia.
En ese mismo lugar Daniel construyó su casa donde se fue a vivir después de que se casó con su señora, Doris Soto, el año 1969 y donde crió a sus cuatro hijos.
Cuando tenía 21 años compró junto a su hermano su primera parcela de 1,5 hectáreas para aumentar la producción de hortalizas a las que posteriormente se sumaron otras 5 hectáreas también en la zona de Olivar bajo. Los viajes en carretela cada vez se hacían más pesados así es que decidieron comprar un camión que les permitía incluso llegar con sus productos a Santiago.
Así fue como partieron distribuyendo a Lo Valledor.  “Cargábamos a las 12°° de la noche en el potrero y llegábamos a Santiago a las 2°° de la mañana a esperar que abrieran  la vega a las 4°°. Ahí vendíamos todo rápido, pero igual era pesado”, sostiene Daniel Guzmán.
En las hectáreas que compró, decidió aventurarse con un producto que por esos años comenzaba a tener buenas perspectivas: las manzanas. A poco andar compró otra parcela más en la que también puso manzanos y después otra de 8 hectáreas que en 1976 plantó con cerezas. “Fuimos a Romeral en la zona de Curicó a buscar las cierpes para hacer las plantas y las injertamos acá con la ayuda de los hijos”, explica.
Para no perder tiempo en la espera que salieran las cerezas, entre hilera y hilera sembraron arvejas y porotos.
Los cerezos comenzaron a producir buena fruta y comenzaron a exportar. En general los resultados fueron buenos pero tuvieron un traspié cuando durante tres temporadas no le pagaron las cerezas.
Los hijos de don Daniel -principalmente Gerardo y Eduardo- siempre participaron de las actividades del campo. Desde el injerto de los cerezos, hasta cargar camiones, o lo que viniera. A los 7 años Gerardo aprendió a manejar el tractor y a los 15 años Eduardo partió manejando el camión a Santiago. Hoy lo recuerdan entre risas, pero eso refleja el espíritu de trabajo infundido por sus padres a quienes siempre vieron esforzándose y dando lo mejor de sí. 
Cuando salieron del colegio partieron a estudiar a la Escuela Agrícola de Paine pero siempre estuvieron al lado de su padre trabajando.
Los buenos rendimientos de las cerezas y las otras producciones le permitieron a Daniel Guzmán consolidarse, seguir creciendo en infraestructura y en tierras: compraron  17 hectáreas en Gultro que posteriormente ampliaron para llegar a 37 hectáreas. Más adelante adquirieron  23 hectáreas en el sector de Las Mercedes donde plantaron manzanas Royal Gala y Kiwi, llegando a juntar 120 hectáreas propias.  Se armaron también en maquinaria para poder trabajar los campos y en todo lo necesario para la operación.
Pero las cosas se complicaron a partir de los primeros años de la década del 90’.  Vino la sequía, la crisis asiática y otros problemas que golpearon duramente a la empresa de los Guzmán. En 3 años tuvieron que vender cerca de 60 hectáreas, maquinaria, camionetas y otros bienes. “Veíamos que esa era la solución para salir adelante, había que tirar salvavidas, hacernos más livianos, y eso implicaba vender para poder tener liquidez”, señala Gerardo Guzmán. Con gran entereza, la familia restringió al mínimo sus gastos y decidió deshacerse también de lo suntuario.  “Tuvimos que pagar finiquitos de personas que llevaban muchos años con nosotros. Lo hicimos como correspondía”, dice Daniel Guzmán.
Estuvieron cerca de 7 años navegando, ordenando las cuentas para poder volver a la normalidad.
El año 93 Gerardo conoce a John Heffron quien le ofrece irse a Estados Unidos a trabajar un mes en la cosecha de cerezas en Yakima, Estado de Washington.  Pero la experiencia fue tan interesante que se quedó todo un año. Volvió a Chile a trabajar en la temporada con su padre y después partió nuevamente a trabajar en Norteamérica. Así lo hizo por nueve años viajando entre ambos países,  creciendo en responsabilidad y experiencia. Al mismo tiempo se fue acercando a la familia dueña de la empresa que allá lo acogió, estableciéndose una estrecha amistad.
Fue así como ellos vinieron a Chile, y Eduardo también partió a trabajar a Estados Unidos.
Pese a la distancia, ambos hijos siempre estuvieron cerca de su padre en los momentos de dificultad, aconsejándolo y asumiendo ellos mismos los costos de las decisiones.
“Mi papá partió de cero, todo lo que tenía era fruto de su trabajo, así es  no tenía que darle cuentas a nadie por lo que hacía, o vendía”, dice Eduardo.

Un nuevo impulso
John  Heffron, quería complementar su negocio de producción de cerezas en el hemisferio sur y se vino a buscar algún lugar donde plantar. Buscó en Argentina, en el sur de Chile y finalmente terminó en Olivar, en una parcela de 7 hectáreas de propiedad de don Daniel, por lo cual le propuso asociarse. Así se hizo, y se sumaron también Gerardo y Eduardo quienes aportaron la gestión y el know how que habían adquirido como productores y exportadores de cerezas. “Ya nos conocíamos bien, el sabía como trabajábamos, había una relación entre las familias, entonces había detrás toda una confianza que hacía que todo se diera más fácil”, explica Gerardo.
Fue así como el año 2002 comienzan este nuevo emprendimiento que al mismo tiempo se transformó en un estímulo para el comienzo de una nueva etapa para don Daniel y su familia. 
 “El 2002 fue un año bueno para nosotros,  fue el año que volvió la energía después de un paréntesis de varios años complicados”, explica Eduardo.
A los pocos años, un día la alcaldesa de Olivar le dice a don Daniel que le quiere comprar una parte de una parcela para construir el policlínico. “Mi papá le dijo que no se lo vendía, que se lo regalaba”, cuenta orgulloso Gerardo. “Así es mi padre, después de todo lo que le pasó, fue capaz de regalar esa tierra”, agrega. Este acto de generosidad, tuvo un gran impacto en la comunidad ya que - aunque don Daniel y su señora Doris siempre habían sido muy queridos y reconocidos por su entrega a la comunidad y por su labor como productores en la zona -  su aporte generaría grandes beneficios para la comuna. “Dios nos dio fuerza y la posibilidad de superar el momento difícil que pasamos y pudimos volver a partir. Me dio una familia que siempre me apoyó”, dice Daniel Guzmán.  Sus hijos se criaron viendo también la entrega de su madre a la comunidad como enfermera del policlínico y posteriormente desde su casa, asistiendo a quien necesitara ayuda.
Poco a poco se fue ordenando todo y comenzó a retornar la estabilidad a la familia.
El año 2006 Gerardo toma la administración de un campo de 21 de hectáreas de cerezo en Rosario de propiedad de unos amigos de su socio norteamericano. 
“El circulo de nosotros era chico y nos dimos cuenta que podía crecer si seguíamos trabajando juntos con mi hermano y mi papá”, dice Gerardo. Fue así como siguieron sumando más actividades y más producción.
Eduardo armó una empresa de transporte que le da servicios a los distintos campos. Arrendó una parcela en Requinoa, otro en Chillehue y ahora otro en Coinco.

Nuevos proyectos
Hace tres años Gerardo junto con su socio norteamericano, querían crecer y compraron un campo en Olivar Bajo de 14,5 hectáreas que  plantaron con distintas variedades de cerezas en modernos sistemas de conducción. Importaron una línea de proceso de Estados Unidos, instalaron una cámara de frío y lo implementaron con lo necesario.  
Hoy, la familia en total tiene más de 100 hectáreas, de las cuales casi la mitad son de cerezas. El resto tiene manzanas, peras, duraznos, nectarines y algo de maíz. 
Daniel, el tercero de los hijos es veterinario, y aunque su trabajo no está directamente en el campo, su padre asegura que todo lo lleva para allá. De hecho arrendó un campo de perales para trabajarlo en sociedad con su hijo.
Doris, la menor, trabaja como paisajista. “También trabaja con plantas y con tierra”, dice su padre, “al final todos trabajamos en torno al campo”, agrega.
Para don Daniel Guzmán, la clave para haber superado los momentos de dificultad es haberse mantenido unidos como familia.  “Después de lo que hemos vivido nos damos cuenta que unidos podemos superar cualquier barrera”, dice. En este sentido su señora, Doris, ha tenido un rol fundamental, apoyándolo en todo, trabajando cuando ha sido necesario y por sobre todo manteniendo el espíritu de unión. Su casa no solo acoge a la familia, sino a los extranjeros que frecuentemente vienen y que se sienten ahí como en su propia casa.

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